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"La catequesis del Buen Pastor, una aventura"
Sofía Cavalletti, biblista, catequista del Centro de Catequesis del Buen Pastor. Vicepresidenta de la Associazione María Montessori per la formazione religiosa dei bambini.

¿Qué es una aventura? Es algo que se desarrolla de modo inesperado, Que se inicia sin tener un proyecto, un programa, sin saber a donde nos llevará, sin buscar la preparación de los instrumentos que podrían sernos necesarios; algo para lo cual se parte sin equipaje. En otras palabras es algo que se inicia sin saber que se inicia.
Es exactamente así como hace 50 años comenzó para nosotras la catequesis del buen Pastor, cuando Gianna Gobbi y yo nos encontramos con un grupito de tres niños, en una sala de la vieja Roma, pensando que esta iniciativa nos comprometía para un restringido número de encuentros, después de los cuales regresaríamos rápidamente a nuestras habituales ocupaciones.
Comenzó con un niño cuyos ojos, después de dos horas de la lectura del primer capítulo del Genesis y la reflexión sobre el, en el momento de salir, se llenaron de lágrimas.
Inconcientemente habíamos comenzado entonces a ponernos desde la visión del niño la pregunta que siempre nos ha acompañado en estos cincuenta años, y que con intensidad creciente todavía nos acompaña: ¿”Quién eres? ¿Cómo vives tu relación con Dios?”. Es la pregunta que en el curso de los años se ha precisado en “¿Como es la relación de la criatura humana con Dios en la primera etapa de la vida?”.

Nos encontramos frente a un camino desconocido, que sin embargo parecía prometernos horizontes muy vastos, muy atrayentes. Un camino que no conocíamos, que no buscábamos, que no habíamos deseado, por que no lo conocíamos, y en el hemos venido descubriendo un inestimado tesoro. Cuando nos hemos dado cuenta de la grandeza del tesoro, y habíamos mirado nuestras manos en las cuales - ¡increíblemente! – se encontraba el tesoro, hemos reconocido en ellas aquel vaso de barro del cual habla San Pablo (2 Cor 4,7). Y es precisamente en la desproporción entre el tesoro y la vasija que hemos encontrado la sorpresa y la alegría que se experimenta frente a la gratuidad del DON. En aquello que compartíamos con los niños no había nada nuestro.
La pobreza del catequista es total, e incalculable la riqueza de cuanto el catequista está llamado a trasmitir. En el Evangelio de Juan están escritas las palabras de Jesús, que todo catequista debería tener siempre presente:” Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me ha enviado” (Jn 7,16). Juán Pablo II cita esta expresión subrayando “el desapego” necesario del catequista en su trabajo .
Es en esta pobreza que el catequista encuentra la alegría más grande.
En aquella vía – desnuda y pobre, que teníamos enfrente – había una luz que nos iluminaba y atraía y continúa iluminándonos y atrayéndonos: la luz de la Palabra de Dios, del mensaje hebraico – cristiano, con su maravillosa carga de esperanza, que, siempre más generosamente, nos venía mostrando, junto a los niños, sus innumerables aspectos. Una luz deslumbrante y – si puedo usar una expresión del profeta Jeremías – que “Seduce”.
A medida que pasaban los años a través de la observación de los niños de los tres a los doce años – pertenecientes a culturas muy diversas y a niveles sociales bien diferentes – nos hemos venido dando cuenta que ellos, con una guía silenciosa pero segura, nos venían indicando algunos temas del mensaje cristiano. Frente a algunos de ellos notábamos en efecto constantes en las respuestas de los niños muy lejanos, también geográficamente, entre ellos: los niños no se saciaban de escuchar; regresaban incesantemente en el trabajo personal y espontáneo, mostraban una concentración intensa y tenían manifestaciones de una alegría particular. Otros temas en cambio recibían poca atención y hasta eran abandonados; en estos últimos casos el material para el trabajo personal quedaba en los armarios, sin que ninguno lo buscase o trabajase con ellos.
En la catequesis de buen Pastor, los niños tienen a su disposición un material, con el cual, después de la presentación de un tema por parte del catequista, pueden trabajar solos, para reconsiderar el tema presentado, independientemente del adulto. Es el tiempo precioso del aprendizaje, que ya San Agustín indicaba como el tiempo en el cual verdaderamente se aprende, por que es entonces que se aprende en el curso de una “ interna conversación“ con el único Maestro, “ que habla en lla intimidad “ .
Este tiempo es precioso también para el catequista, porque en él el niño indica lo que recibe y que le sirve para su crecimiento. Aquellos materiales que los niños repetidamente buscaban y con los cuales continuaban trabajando con pasión han sido para los catequistas la guía para individualizar los temas en los cuales los niños parecían encontrar la satisfacción de una exigencia profunda, vital, de su ser, y para delinear el currículo de la catequesis del buen Pastor.
En los materiales, que los catequistas preparan con sus manos, encuentran también un instrumento importante para su formación. El tiempo que necesita dedicar para confeccionarlos se hace un tiempo de reflexión, de absorción de los temas no solo por vía intelectual, y de educación a un ritmo de trabajo sin prisa.
Además estudiando los temas indicados por los niños, resultaba que en general se trataba de temas esenciales del mensaje cristiano, ya presentes con frecuencia en la tradición más antigua de la iglesia.
La esencialidad, que es una de las características del niño, nos había guiado con mano segura, y, con alegría, nos dábamos cuenta que no habíamos necesitado inventar nada; lo que era necesario era excavar más a fondo en los tesoros ya presentes en la tradición cristiana. De esta manera veíamos la catequesis de buen Pastor insertarse, como un pequeñísimo anillo en aquella corriente de sabiduría y de fe, que ininterrumpidamente guía la iglesia en su relación con Dios.
La única cosa que debíamos hacer era encontrar el modo de transmitir los temas a los niños de una manera que fuera también esencial, y por lo tanto simple, pobre y respetuoso frente a la riqueza del misterio que se presentaba, sin permitir a ninguna de las complicaciones a las cuales nosotros adultos fácilmente caemos.
Presentar el Bautismo por ejemplo ha sido facilísimo con los niños más pequeños, sirviéndonos de todos – y solamente – los signos sacramentales de la liturgia: el agua, la Palabra, la vestidura blanca y la luz – aquella luz que se había encendido en el mundo cuando Jesús nació, que se apagó cuando El murió, pero que desde cuando resucitó ilumina todas las criaturas que se acercan a El -. La fuerza también didáctica de la liturgia es tal, que también un niño de tres años encuentra el contenido teológico: aquella luz que tomamos del sirio pascual nos hace “ver” que la vida de Cristo resucitado viene también a nosotros. Los signos hablan un lenguaje evidente para todos.
Un momento muy bello en nuestra “aventura” ha sido cuando la esencialidad, que el niño nos indicaba, nos ha revelado un instrumento maravilloso en las relaciones ecuménicas, que hemos podido establecer con Iglesias hermanas y en particular con la Iglesia anglicana de Norteamérica (los episcopalianos).
No ha sido difícil darnos cuenta que los temas esenciales, alrededor de los cuales se venía desarrollando la catequesis, convergían todos hacia un centro: la alianza (la berith del Antiguo Testamento, la diatheke del Nuevo Testamento). Estábamos por lo tanto en el corazón de la tradición bíblica. En este corazón el curriculo, que se venía delineando, encontraba su centro y su unidad, aquella unidad que nosotros creemos necesaria en todo el proyecto educativo.

Tal convergencia se notaba comenzando por el tema fundamental en la etapa de edad entre los tres y los seis años: la parábola del buen Pastor. El Pastor llama por nombre a sus ovejas (la iniciativa de Dios en la alianza) y las ovejas escuchan su voz (la respuesta de la criatura en la alianza); un anuncio semejante crea entre Jesús y el niño una relación de amor tan profundamente gozosa que un pequeño John de tres años, en los Estados Unidos, cuando la mamá en el momento de meterlo en la cama le recordaba que el Pastor conoce su nombre, respondio “no, me llama alegría” . La relación gozosa con el Pastor es tan profunda, que un niño (cuatro años), trabajando solo con el material de la Parábola de la oveja encontrada (material del cual hablábamos antes), al Pastor que, al encontrarla, la llama por nombre: “Giulio” responde: “Mamá”.
Si la vida moral esta constituida – como lo está – del modo con el cual nos ponemos en relación con los demás y con el mundo, es evidente como esta parábola, antes de cualquier solicitación parenética tenga una fuerte incidencia moral. La verdadera base de toda vida moral está en el amor, en el gozar del Amado. Para un niño que a los dos o tres años ha empezado a conocer al Pastor que los llama por nombre, la voz que llama – o llama de nuevo – a ciertos comportamientos no podrá ser la voz del juez, sino aquella del Amado.
Se prepara así la base necesaria para la parenesis que se hará explícita después de los seis años.
Con la misma intensidad descrita antes el niño responde a la presentación de lo que junto a la Biblia, es el otro polo esencial de la catequesis del buen Pastor: La Liturgia y en particular el sacramento de la “nueva y eterna alianza”, la Eucaristía. Ella viene presentada a través de tres gestos que iluminan precisamente la alianza: el gesto de la epíglesis – el Don que viene de lo alto -; el gesto que acompaña la doxología final de la oración eucarística, gesto de la ofrenda con el cual el celebrante, unido en oración con la comunidad, “por Cristo, con Cristo y en Cristo” rinde honor al Padre; y además el gesto de la paz, con el cual expresamos el compartir del Don recibido. Tales gestos “se encarnan” en los niños y los vemos continuamente aparecer en sus reflexiones y en sus dibujos.
No puedo hablar en este breve espacio de todos los temas que presentamos a los niños; sin embargo es imposible dejar de citar la presentación global de la historia bíblica aquella historia que parte de la creación, llega a una etapa fundamental con la elección del pueblo hebreo y que, alcanza la cima con Jesucristo, se tiende hacia su complemento, cuando “Dios será todo en todo”.
Tal presentación global de la historia se desarrolla en etapas sucesivas a partir de los seis años. En la historia los niños encuentran los temas que conocen desde sus primeros pasos en la catequesis. Por ejemplo el momento conclusivo de la historia, la parusía, viene visto como el momento en el cual “todas las personas tendrán la perla”, refiriéndose a una de las primeras parábolas a través de la cual los más pequeños empiezan a conocer el reino de Dios (Mt 13,4 ss.). Otra de las primeras parábolas con las cuales los niños contemplan el misterioso crecimiento del reino es aquella de la semilla de mostaza (Mt 13, 31 ss.); otro pequeño ya hecho un niño de 7/8 años, ve la parusía como árbol que nace, y lo representa como una cruz llena de luz. Por no decir lo numeroso que aparece en los trabajos de los niños las ovejas alrededor del buen Pastor, en la parusía.

La carga doctrinal y afectiva de los temas de la primera infancia se viene así a extender en la dimensión tiempo, en la cual el niño de los seis años en adelante empieza a orientarse. En tal dimensión el currículo se enriquece con la tensión de la esperanza, virtud cristiana fundamental, por la espera de la parusía. También este tema, - y quisiera subrayar también antes de la parenesis explícita – encuentra en el niño una respuesta moral profunda en el conocerse parte aunque pequeñísima de una historia tan grande. La comparación entre nuestro aporte y la grandeza de la historia ayuda a “tomar la medida” de nosotros mismos, a ponernos en la justa actitud en la realidad: nuestra pequeñez se profundiza frente a tal comparación, pero al mismo tiempo se transfigura en la conciencia del don: tan pequeños, si, pero sin embargo llamados – por puro don – a introducirnos en un proyecto de alianza que involucra a todos los hombres, a todas las mujeres, a todos los niños y las niñas y a la creación entera.
Es sobre esta base kerigmática que se desarrolla a partir de los seis años la parenesis explicita a través de las parábolas morales, las principales máximas evangélicas, la educación al examen de conciencia como preparación a la confesión.
En aquella vía que se nos habría frente a nosotras había también otra luz que nos atraía: el niño con su alegría en el encuentro con Dios. Una alegría tan particular, tan diferente de la que el niño demuestra frente a otras cosas también gratificante; una alegría que parece mostrar que el niño en la experiencia religiosa encuentra la satisfacción de una exigencia vital semejante a la del pez en el agua; una alegría que lo pone en paz, por lo cual parece que en tal experiencia una cuerda profunda de su espíritu haya sido tocada de la cual por mucho tiempo no se quiere apartar, como si quisiera continuar tomando las vibraciones profundas. Una alegría global por la cual una pequeña afectada por el síndrome de Down, después de haber orado por un largo rato con sus compañeros pudo decir: “mi cuerpo está contento”.

Y es todavía hoy aquella alegría, profunda, meditativa, que vemos resplandecer en los ojos de tantos niños – y también de tanto adultos – en los cinco continentes, que continua guiándonos y atrayéndonos a su luz para continuar en nuestra aventura.
Frente a este hecho no es necesario que recuerde que el Evangelio invita a todos a “hacernos como niños” para entrar en el reino de Dios (Mt 18,39). María Montessori refiriéndose a estas palabras, habla del “niño maestro”; un maestro que no sabe que lo es, que no tiene cátedra, cuya enseñanza tiene necesidad de una atención particular y prolongada para ser acogida. ¿El niño tiene algo para decirnos con su manera tan gozosa de vivir la relación con Dios? Una vía para ir a Dios puede ser para algunos “el camino real de la santa cruz”; pero el niño nos dice que también es otra:”el camino real de la santa alegría”. El niño parece enriquecer a Dietrich Bonhoeffer, cuando escribía “Dios no debe ser reconocido solamente en los límites de nuestra posibilidades, sino en el centro de la vida; Dios quiere ser reconocido en la vida y no al morir; en la salud y en la fuerza, y no solamente en el sufrimiento en el actuar y no solamente en el pecado” .
El niño parece ir a Dios no por contraste sino por semejanza; osaría decir por una particular con naturalidad.
El niño, que nos ha guiado a encontrar el centro de la catequesis en la alianza, la vive en la plena dignidad de partner de ella. Su respuesta al don de Dios es ante todo el gozo de saberse conocido por nombre, y ser acogido en una relación de amor.
He hablado hasta aquí de niños, pero más exactamente debería hablar de “pequeños”, aquellos pequeños de los cuales Jesús, “exultando en el Espíritu”, a dicho que a ellos les han sido reveladas cosas escondidas a los “sabios y a los inteligentes” (Lc 10, 21; Mt 11, 25).
Hay en efecto catequistas del buen Pastor para los cuales la catequesis doblemente una aventura: aquellos catequistas que trabajan en ambientes de misión. Hablo de aquellos “pequeños” /grandes encontrados en varios países, con los cuales compartimos el mensaje cristiano. También en ellos la respuesta al mensaje cristiano se configura como en los niños: Alegría profunda, paz, sorpresa, laboriosidad. Respuestas que espontáneamente empujan también a compromisos no indiferentes.
Quisiera aquí recordar tantos padres que hemos visto en las periferias de México y en otras partes, comprometerse en los días de fiesta para construir el ambiente necesario para la catequesis de sus niños; Las tantas madres (entre otras, aquellas de la república de Panamá) que caminan kilómetros a pie para llevar a sus hijos, porque “la catequesis nos ha abierto el camino de Dios la vista y el corazón”. Tantos padres que, con la misma alegría de sus hijos, descubren “a partir de su misma cultura” que “la historia del reino de Dios es también nuestra historia”; Tantos bailes con los cuales se concluyen con frecuencia las sesiones de catequesis dirigidas a ellos, danzas “que mantienen la comunidad unida en la celebración”. Quisiera recordar a Marcelino (un Totonaco de la sierra de Puebla en México) que dicen: “No estamos aquí solo porque nos gusta; algo viene de Dios. El nos ha elegido”. Tantas madres que llegan ha ser catequistas porque han visto como los niños “manifiestan tanta alegría y tanta tranquilidad” en la catequesis.
Y así, junto a tantos adultos y niños en el mundo, quisiera cerrar esta breve contribución con un “ALELUYA” que sale de lo profundo del corazón hacia Dios, que cree encontrar en nosotros aquellos “vasos de barro” de los cuales parece tener necesidad, para esconder “su tesoro”.